Fernando VI, Rey de España y de las Indias (1746-1759)



Felipe V falleció el 9 de julio de 1746. Fue sucedido por el cuarto hijo de su primera esposa, María Luisa Gabriela de Saboya, el único superviviente, Fernando, Príncipe de Asturias. Fernando había nacido en Madrid el 23 de septiembre de 1713, y se hallaba casado con Bárbara de Braganza, hija de Juan V de Portugal y de María Ana de Austria, desde 1729. Este matrimonio, celebrado en la Catedral de San Juan de Badajoz, hizo sentir a ambos un gran amor recíproco por encima de las cuestiones de estado.

Fernando VI heredó un Reino en guerra, que todavía luchaba contra Gran Bretaña en el Nuevo Mundo y contra Austria y Saboya en Europa, en el marco respectivo de las contiendas del Asiento y de Sucesión de Austria. Ambos conflictos no finalizarían hasta la conclusión de la Paz de Aquisgrán de 1748. De estos primeros años de reinado datan la victoria contra los británicos en la isla de Cuba y la gesta del navío Glorioso, de imperecedero recuerdo en los fastos de nuestra Armada.

Concertado el fin de las hostilidades, encargó el Rey las riendas del gobierno al prudente juicio del Marqués de la Ensenada. Es cualidad distinguida en un Príncipe el saber confiar a manos capaces los negocios públicos, y se antoja meridiano que tal aconteció en el caso que estamos citando. Más ilustrado que reformista, Ensenada era partidario de toda reforma que redundase en el beneficio del Reino. Podía decirse que participaba de la opinión de que es muy fácil reformar pero en extremo difícil mejorar. Sin embargo, aplicándose con celo a su cometido, sus logros fueron más que notables y a ellos se debe, sin duda alguna, que Floridablanca y Aranda estuviesen en condiciones de culminar exitosamente muchas de las políticas de Carlos III que se han reconocido como acertadas tradicional e indiscutiblemente.

En el ánimo de Fernando VI y de sus ministros fue forjándose rápidamente la idea de que una larga época de paz redundaría en el mayor beneficio que precisaba en aquel momento la Monarquía. La experiencia reciente demostraba que el reinado de Felipe V había estado jalonado por muchos conflictos bélicos, lo cual había resultado en extremo oneroso para la Real Hacienda. Igualmente, que España se había visto forzada a combatir a menudo en situaciones desventajosas, al carecer de fuerzas de mar y guerra proporcionadas al tamaño de las contiendas. Era, pues, primordial lograr un intervalo de paz suficiente para lograr la suficiente fortaleza económica y militar que posibilitaría seguir siendo una de las naciones preponderantes de Europa. Así, de los trece años de su reinado, Fernando VI mantuvo una política inteligente y pragmática, preservando a España neutral en todo conflicto habido y por haber, durante once, desde la Paz de Aquisgrán de 1748, hasta su fallecimiento en 1759. Y de los dos años restantes, la beligerancia procedía de la época de Felipe V. Lo acertado de esta política se confirmó en cuanto Carlos III se involucró en la fase final de la Guerra de los Siete Años, con las funestas consecuencias de la pérdida de La Habana, Manila y la Florida. La Paz de París de 1763, demasiado ventajosa a tenor de los reveses militares, posibilitó la recuperación de las plazas de La Habana y Manila. En caso contrario, España habría sufrido una de las más dolorosas derrotas de su historia.

Bajo esta primera premisa de diplomacia, que no de debilidad, fueron desarrollados y ampliados los arsenales de El Ferrol, Cádiz, Cartagena y La Habana, para la construcción de buques de guerra suficientes para la defensa de las costas y del ultramar, la protección del comercio y la formación de potentes escuadras que fuesen oponibles a las de Inglaterra. Ese renacer de la Marina Borbónica, comenzado con Felipe V y Patiño, alcanzará su desarrollo con Fernando VI y Ensenada, antes de culminar a principios del reinado de Carlos IV la época de grandes construcciones navales españolas. Fue la creación y mantenimiento de esta gran flota uno de los elementos esenciales que permitieron a España continuar en una posición preeminente en el concierto mundial, así como rechazar con total éxito cuantos intentos practicaron los británicos de arrebatarle su Imperio. Al finalizar el reinado, la Real Armada disponía de una fuerza naval de cuarenta y seis navíos de línea y veintidós fragatas, un poder de potencia de primer orden.

Obra fundamental del período fernandino fue la acertada política económica, hacendística y de fomento. A partir de 1749 fue acometida la reforma de la Real Hacienda, mediante el establecimiento del catastro de 1752, y del proyecto de contribución única, impuesto directo que gravaba la renta de los sujetos pasivos en lugar de los tributos indirectos sobre mercancías y en función de la condición social que habían caracterizado hasta entonces el sistema impositivo español. Fue esta la primera vez que la legislación fiscal optó por un hecho imponible basado en la renta percibida y teniendo en cuenta la progresividad, tal y como establece todavía hoy la actual normativa tributaria.

Otra medida fundamental fue el establecimiento en 1752 del Giro Real, una entidad financiera de interés público intermediaria de todas las transacciones internas y externas, verdadero y primigenio antecedente del Banco de España, anterior al Banco de San Carlos que instaurara Carlos III en 1782 y que ha acaparado injustamente tal preeminencia.

En cuanto a las medidas de fomento, la mejora de los puertos del Mediterráneo, en especial de Barcelona y de Palma de Mallorca, así como los de Indias. El inicio de la construcción en 1753 del Canal de Castilla, como arteria fundamental de comunicación y comercio a través de la meseta. Pero, sobre todo, el impulso del denominado navío de registro, cuyos precedentes databan de 1735. A diferencia del anterior sistema de flotas y galeones, previa expedición de licencia e inscripción en el registro oportuno, una nave podía comerciar libremente con el Nuevo Mundo. Esta innovación mercantil permitió un intercambio más rentable y eficaz, una mayor agilidad de las transacciones y una disminución del contrabando. Fue un sistema transitorio que posibilitó la implantación del posterior libre comercio, que introdujo Carlos III mediante diversos decretos entre 1765 y 1778.

Gracias a Fernando VI fue posible también, en otro orden de cosas, la restauración de las relaciones amistosas con la Iglesia. El Papa Clemente XI había reconocido como Rey de España al Archiduque Carlos de Austria en detrimento de Felipe V, lo que había tensado las relaciones hasta un punto insostenible. Pero la política de moderación de Fernando VI posibilitó el entendimiento con el Pontífice Benedicto XIV, que culminó con la conclusión del Concordato de 1753.

También el ámbito cultural el de Fernando VI fue un reinado fructífero, al compás de la política ilustrada de sus ministros. Uno de los mayores eventos en este campo, por citar uno, fue la fundación en 1752 de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, que todavía hoy conocemos.